ENCRUCIJADA: SEVILLA (2ª Parte)

La saga de los Massieu fue, probablemente, la casa mas poderosa y adinerada de cuantas han poblado la isla de La Palma a lo largo de la historia. Como prueba de la alta posición alcanzada por uno de sus componentes, concretamente don Pedro Massieu Monteverde, Presidente de la Real Audiencia de Sevilla, miembro del Consejo de su Majestad y Juez conservador del Real Colegio de San Telmo, no dejará de enviar a Canarias, y en especial a Santa Cruz de La Palma, desde Sevilla un catálogo de escultura de los mejores imagineros del siglo 18, así como obras de platería, ornamentos litúrgicos, textiles, cerámicos, entre otros. Para la capilla-panteón familiar que se encuentra en la hoy Parroquia de San Francisco de Asís de la capital palmera, más concretamente en la Capilla de San Nicolas de Bari, hizo traer de Sevilla cinco tallas de madera policromadas y estofadas, una de ellas es San Pedro Apóstol, santo de pila del mencionado Pedro Massieu, y que llegó a la isla antes de 1724, junto con la talla de San José. Estas obras son del taller del prestigioso escultor Pedro Duque Cornejo, escultor coetáneo a Pedro Massieu. La escultura del apóstol aparece con las llaves, su atributo principal y en actitud desafiante. El movimiento viene dado por los pliegues de los ampulosos ropajes así como de su pie izquierdo. Del mismo taller es Santa Teresa de Jesús, encargada por doña María Josefa Massieu y Monteverde a su hermano don Pedro Massieu en 1733 para el coro bajo del monasterio de monjas franciscanas de Santa Clara de esta ciudad, encontrándose hoy en la Parroquia de San Francisco de Asís. Comparte con la anterior talla la  manera de plegar el manto de la santa abulense así como los motivos del estofado del hábito y la maravillosa policromía. Tambien Doña María Josefa Massieu y Monteverde le encarga a su hermano Pedro Massieu la talla del Cristo de la Caída, para presidir una pequeña ermita que fabricaría junto a su casa en la calle Real de esta ciudad. El encargo recayó en el escultor Benito de Hita y Castillo, ya que el maestro Duque Cornejo era de avanzada edad.  La impresionante talla del Cristo de la Caída, hoy en la Parroquia de San Francisco de Asís, data de 1752. A partir de este momento y con la llegada de esta impresionante escultura, las principales familias palmeras se fijarán en este escultor para sus esculturas. Este es el caso de la hermosa talla de San Juan Nepomuceno, atribuida a Hita y Castillo e inventariada por primera vez en la Parroquia de El Salvador en 1757, donde figura como donado por el beneficiado Francisco Ignacio Fierro y Torres, cuñado de Felipe Manuel Massieu. Es una fabulosa obra barroca en madera estofada y telas encoladas, sobresaliendo el gran naturalismo de la escultura y la maravillosa policromía de la imagen, sobretodo en la parte trasera. Por mediación del sobrino de Pedro Massieu, don Felipe Manuel Massieu Vandala se encargó a Benito de Hita y Castillo la ejecución de Nuestra Señora del Carmen, San Antonio de Padua y San Miguel Arcángel, enviadas juntas a la isla de La Palma en 1773. Nuestra Señora del Carmen fue donada por el capitán Francisco de Lugo y Molina para la ermita de San Estanislao Obispo en su finca de Oropesa, en el municipio palmero de Barlovento. Hoy esta escultura se encuentra en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Barlovento. El encargo fue a través de Felipe Manuel Massieu que le unia a los Lugo-Viña por lazos familiares. La magnifica talla de la virgen sedente aparece vestida con el hábito carmelita, posee el carácter intimista y la dulzura de sus rostros, sello identitario de Hita y Castillo, así como el magnifico estofado de su capa. Junto con la bella Virgen del Carmen, llegaron en el mismo envío las esculturas de San Antonio de Padua y San Miguel Arcángel para la Parroquia de San Juan Bautista en el municipio palmero de Puntallana, obras donadas por el coronel y regidor de la isla Felipe Manuel Massieu y Vandala, gracias a las intermediaciones de Alonso Tello de Eslava, yerno de su tío don Pedro Massieu. La talla de San Antonio de Padua nos remite a la constante de Hita y Castillo del intimismo y lo amable, la concentración entre el santo y el Niño Jesús, pasando desapercibido el movimiento del cuerpo bajo el hábito franciscano así como la contorsión infantil del Niño. En la magnífica talla de San Miguel Arcángel aparecen las características icónicas del barroco sevillano: la contundencia de los volúmenes, el movimiento dinámico de equilibrio y fuerza, pliegues arremolinados, rostro infantil, la gran riqueza en policromía y dorados, así como la magistral coraza y la faldilla; que en su conjunto hacen el sello del barroco hispalense. Estas tres esculturas tienen la particularidad que tienen inscrita bajo sus peanas el nombre de Benito de Hita y Castillo y el año de ejecución: 1773.

Por último, la magnifica talla de San Miguel Arcángel que se conserva en la Parroquia de San José en Breña Baja, proveniente de la Casona de la familia Fierro. Se trata de una talla de escuela sevillana del siglo 18, ya que aparece el arcángel combatiendo al demonio, de una forma majestuosa y exultante, envuelto en su campa ampulosa, resaltando la policromía y estofado de la coraza y su casco con plumas, así como sus maravillosas alas desplegadas, una maravillosa talla que ejemplifica el estilo barroco sevillano.

 Completamos esta pequeña muestra con algunas de las obras que se encuentran en la colección museográfica de esta iglesia de Santo Domingo como es el precioso Frontal de altar de la capilla de Santo Tomás de Aquino, hoy del Señor de la Columna, compuesto por azulejos sevillanos de la segunda mitad del siglo 16; la talla de San Francisco de Asís que se venera en el segundo cuerpo del  Retablo Mayor, escultura del taller montañesino sevillano del siglo 17, las magnificas cartelas del dosel de Nuestra Señora del Rosario, obra sevillana del siglo 18, la esplendida túnica bordada en oro sobre terciopelo de Jesús Nazareno, la mejor de su género en Canarias, obra andaluza del siglo 18, o el antiguo estandarte de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, que vino de Sevilla en 1723 a través de la mediación del ya mencionado don Pedro Massieu y Monteverde.