ENCRUCIJADA: SEVILLA (1ª Parte)
ENCRUCIJADA SEVILLA (Parte1ª)
Tras la incursión del corsario “Pie de Palo” en Santa Cruz de La Palma en 1553, la Ciudad se comienza a reconstruir, así como sus conventos, iglesias y ermitas, dotándolas, sobretodo, de esculturas y arte suntuaria. En esta época, Sevilla es la principal ciudad exportadora de arte sacro en la ruta comercial con América, llegando a la ciudad Hispalense infinidad de artistas atraídos por este comercio, venidos desde otras partes de la península como de otras ciudades y regiones europeas, que será el germen de la posterior escuela sevillana de los siglos 17 y 18. Siendo las islas Canarias paso obligatorio en la ruta comercial americana, encontramos una abundante colección de esculturas de origen hispalense, concretamente en La Palma, arte más acorde con los gustos de la época, dejando atrás los modelos reiterativos de la plástica flamenca.
Es el caso de la talla de Santa Águeda Mártir, obra atribuida al abulense Jerónimo Hernández y que hacia 1574 ya presidia la ermita que se levantó en su honor y que ya en los mapas de 1590 del italiano Leonardo Torriani realizó de Santa Cruz de La Palma aparece la pequeña ermita de Santa Águeda con el calificativo de “Protectora de la Ciudad”. La bella talla nos lleva al ideal clásico femenino, de equilibrado volumen y elegancia en su túnica, así como el magistral trabajo de dorado y estofado, un maravilloso ejemplo del manierismo hispalense. Otro ejemplo del manierismo sevillano lo encontramos en el bello Cristo Resucitado, obra de la escuela sevillana de la primera década del siglo 17 , una escultura con un movimiento inusual, compuesto por diagonales y líneas serpenteantes que hace la ilusión de estar flotando, característica más distintiva de la pintura de esta época.
La escultura de San Francisco Javier es obra del círculo de Pedro Roldán, escultor más representativo de la escuela sevillana de la segunda mitad del siglo 17. La talla del santo jesuíta fue traída de Sevilla hacia 1674 por el Regidor y sargento mayor José de Arce y Rojas para la ermita que fundara junto a su casa en la calle Real de la capital palmera, motivado por la entrada de dos de sus hijos a la Compañía de Jesús, los jesuitas Juan y José de Arce y Rojas. La obra nos presenta al santo en actitud de oración íntima, con una calidad expresiva muy propia del arte sevillano pero ésta en concreto heredada, tal vez, de los santos jesuitas que el escultor Martínez Montañés realizó a principios de ese siglo para la Casa jesuita sevillana. Esta escultura fue modelo iconográfico para la representación de San Francisco Javier en la pintura local de la familia Silva del siglo 18, ejemplos son las obras que se encuentra en las ermitas de San Telmo de esta ciudad o en la de Nuestra Señora de la Concepción en Breña Alta.